Lecciones de Golf

¿En qué se parece nuestra vida en Cristo con el golf? Cuando uno ve a los golfistas en televisión se puede formar una idea de que ese deporte es muy fácil: solo poner la bola en el suelo, agarrar un palo, y pegarle lo más fuerte posible. Pero no es tan sencillo. El golf es el tipo de deporte que lo mantiene a uno en una continua curva de aprendizaje – mejorando, mejorando, mejorando, pero nunca llegando al punto de poderlo dominar.

Me gustaría decir que desde hace 5 años juego al golf, pero sería más acertado decir que llevo 5 años tratando de jugar, o aprendiendo a jugar (los que juegan golf saben a qué me refiero). ¡Hay tantas cosas qué recordar…! No levante la cabeza. No doble el codo. No mueva la muñeca No mueva los pies. Gire la cintura pero sin levantar la espalda… Mi cabeza no da para tantos detalles al tiempo… y el resultado siempre es el mismo: desilusión. Pero estoy convencida de que si sigo intentando voy a mejorar; entonces sigo yendo, cada vez esperando que va a ser mejor que la anterior.

Entonces pienso que nuestra vida cristiana puede ser como el golf… pero no necesariamente.

Para algunas personas la vida en Cristo consiste en tener una larga lista de instrucciones y luchar para tratar de cumplir con todos los requisitos. Orar. Leer la Biblia. Ayunar. Alabar. Adorar. Ir a la iglesia. Ser más amoroso. Producir el fruto del Espíritu. Y junto con esas hay una lista aún más larga de todo lo que no se debe hacer. Y nunca parece ser suficiente. Si uno le presta atención a un área, va a descuidar otra. Si se enfoca en la última, la primera sufre. Y uno se frustra porque piensa que nunca va a poder cumplir con todos los requisitos; nunca va a lograr ser tan santo como Dios espera. Entonces siguen intentando, esforzándose, pero nunca están satisfechos con los resultados y viven pensando que nunca van a lograr agradar a Dios. El vivir así es una carga pesada y frustrante.

Pero eso no es lo que Dios espera de nosotros. Fíjense en los siguientes versículos:

Filipenses 2:12-13 – lleven a cabo su salvación con temor y temblor, pues Dios es quien produce en ustedes tanto el querer como el hacer para que se cumpla su buena voluntad.

2 Corintios 9:8 – Y Dios puede hacer que toda gracia abunde para ustedes, de manera que siempre, en toda circunstancia, tengan todo lo necesario, y toda buena obra abunde en ustedes.

2 Tesalonicenses 1:11-12 – Por eso oramos constantemente por ustedes, para que nuestro Dios los considere dignos del llamamiento que les ha hecho, y por su poder perfeccione toda disposición al bien y toda obra que realicen por la fe. Oramos así, de modo que el nombre de nuestro Señor Jesús sea glorificado por medio de ustedes, y ustedes por él, conforme a la gracia de nuestro Dios y del Señor Jesucristo.

Hebreos 13:20-21 – El Dios que da la paz . . . los capacite en todo lo bueno para hacer su voluntad. Y que, por medio de Jesucristo, Dios cumpla en nosotros lo que le agrada. A él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Dios mismo es quien quiere hacer la obra transformadora de conformarnos a Su imagen y semejanza. ¡Nosotros no lo podemos hacer! Por más que uno se esmere, es una imposibilidad. Dios es el agente de transformación y está tan comprometido con este patrón que Su Espíritu Santo ha venido a morar en nosotros para cambiarnos, amoldarnos, y guiarnos a la voluntad de Dios.

¿Quiere decir que podemos hacer cualquier cosa y todo da lo mismo? No. Requiere cooperación. Dios obra en y con las personas que voluntariamente se asocian con Él. A nosotros nos corresponde rendirnos a Él, dejar que Él obre. Nuestra parte es escucharlo atentamente. Nuestra parte es cooperar con Él. De hecho las disciplinas cristianas (orar, ayunar, leer la Biblia, adorar…) son importantes por cuanto nos brindan oportunidades de tener encuentros con Dios. Estas disciplinas nos ponen en actitud de recibir de Él para que Él pueda hacer lo que quiere. Cuando vivimos abiertamente delante de Dios, dándole entrada y permiso para obrar en nuestras vidas, entonces podemos producir mucho fruto – Su fruto – el fruto del Espíritu Santo.

Nuestro caminar cristiano no debe ser como el golf. ¡Relájate! No consiste en luchar y luchar, sino en tener una relación y en cooperar con Dios. Si sientes que no puedes controlar alguna área de tu vida, pídele a Dios que te ayude. Su gracia es suficiente. Si reconoces que tienes una debilidad, entrégasela a Dios. Su poder se perfecciona en tu debilidad. Si quieres tomar decisiones sabias, ¡pregúntale! Él quiere guiarte a toda verdad. Supongo que esto te da una idea de cómo puede ser nuestro caminar con Cristo. Deja de luchar, y disfruta la vida que Él te da.


Dra. Chiqui Polo-Wood  | Todos los derechos reservados 2015.

 

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