El amor rompe las barreras

¿Cómo podría ministrarle? No teníamos nada en común… por lo menos eso es lo que yo creía.

Estábamos en Poiana, Rumania, visitando a algunos miembros de la iglesia de nuestros amigos Alex y Heather Chalmers. Es difícil describir la pobreza que vimos – y eso que yo he visto mucha pobreza en mi vida. De todo corazón quería poder compartir algo para animar o ayudarlos, pero no sabía qué hacer, especialmente cuando conocí a Micaela.* Esta hermosa anciana vivía sola en su casita… En realidad no sé si se podría decir que era una “casa.” Era más bien un cuarto, como de 4 metros x 4 metros, sin electricidad ni agua corriente. Éramos un grupo de 10 personas y no cabíamos en este espacio. Alguien le regaló una linterna de cuerda, y por su reacción uno creería que Micaela se había ganado la lotería. Obviamente no tenía muchas pertenencias, pero se notaba el cariño con el que había decorado su hogar. Ver eso me hizo poner en perspectiva las comodidades que tenemos y cómo muchas veces las damos por hechas.

Pero volviendo al tema… quería ministrarle, pero no sabía cómo. ¡No teníamos nada en común! Ni edad, ni raza, ni cultura, ni idioma… ¡nada! Entonces le pedí a Dios que me diera algo para compartir con ella para que pudiera sentir Su amor. Entonces me enteré que su único hijo había muerto unos meses antes. Eso era algo que teníamos en común: el dolor de perder a un ser querido. Sentí que el Espíritu Santo me estaba pidiendo que le compartiera mi experiencia y la consolara con el consuelo que yo había recibido de parte de Dios.

Le pedí a nuestro traductor que le dijera que entendía su dolor, porque hacía poco yo había perdido a mi esposo, y que me gustaría abrazarla. Micaela me miró y se le aguaron los ojos. La abracé y lloramos juntas. Compartimos un momento de duelo. El dolor se convirtió en el puente que rompió todas las barreras y unió nuestros corazones.

Después me enteré que esa había sido la primera vez que había llorado por la muerte de su hijo. Había llevado ese dolor por dentro sin poderlo expresar. (Parece que en Rumania se habían acostumbrado a ignorar el duelo). Pero Dios le llevó a una extraña, de un país lejano para consolarla – no con palabras elocuentes, sino con un simple abrazo. Un abrazo que decía: “Dios conoce tu dolor, y Dios quiere consolarte.”

Esto me recuerda las palabras de Pablo de 2 Corintios 1:3-4: “Alabado sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre misericordioso y Dios de toda consolación, 4 quien nos consuela en todas nuestras tribulaciones para que con el mismo consuelo que de Dios hemos recibido, también nosotros podamos consolar a todos los que sufren.”

Uno puede cooperar con Dios consolando a los que sufren. No importa donde se encuentre, uno puede mirar alrededor y ver que hay personas dolidas. Tal vez pienses que no tienes nada en común con ellas, pero aun así puedes compartir el amor que has recibido de parte de Dios. Comparte el consuelo que has experimentado. Anima a los demás con el ánimo que has recibido de parte de Dios. Te sorprenderás al ver cómo Dios te usa para ministrar a los demás, si tan solo estás dispuesto.

*Cambié su nombre para guardar su privacidad.

Dra. Chiqui Polo-Wood   |   Todos los Derechos Reservados 2015

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s